viernes, 23 de febrero de 2024

La mano que me sacó del pozo

Mi obsesión por mantener todo prolijito y ordenado me quiere llevar a relatar todo lo que me pasó desde agosto del 2020 hasta ahora, como si fuera un diario. Pero fueron tantas las cosas que sucedieron, que me es imposible recordar todo y explayarme como quisiera.

Así que, al menos en este post, quisiera hacer un paréntesis en toda esta historia. El paréntesis original es mucho más largo que el que voy a hacer ahora, pero creo que será la primera vez que NO voy a hablar de la persona por la que lloro todavía.

Su nombre es Tomás.

Súper irrelevante al principio. Tanto él para mí como yo para él. Ambos habíamos empezado el primer año en el ISER en el 2022 (otra historia a contar luego) en un grupo de 15 personas y, de última, lo único que me llamaba la atención de él los primeros días era que me irritaba que hiciera comentarios por lo bajo a otros compañeros mientras algún profesor hablaba. Porque hasta hablando bajito su voz grave acaparaba todo el aula 😑 (estudiamos locución. Las voces "fuertes" rebosan tanto en ese edificio como el agua en un vaso muy lleno).

Al pasar los meses, nos fuimos identificando uno con el otro porque más allá de que formábamos vínculos con los demás compañeros, nosotros dos éramos unos de los más tímidos, callados o de perfil bajo de todo el equipo. Mientras los demás regodeaban de sus logros profesionales y dotes locuaces; o mientras iban encontrando motivos para criticar a otros, nosotros nos quedábamos en una esquina con la boca torcida por la risa o mirándonos de manera cómplice. Porque los veíamos como estudiantes como nosotros, que se creían estrellas de las radios más reconocidas. "Suele pasar en este rubro" nos dijeron siempre.

Cuestión. Nos fuimos haciendo amigos. Las historias y anécdotas que nos contábamos hacían que el vínculo evolucione a algo mucho más agradable. No sólo me gustaba su forma de trabajar académicamente y admiraba su voz, sino que ahora además me gustaba mucho su compañía. Charlábamos mucho, nos hicimos grandes amigos. De no significar nada para mí, pasó a estar a la altura de las personas más importantes en mi vida.

Y lo digo en serio. Así como me agarraba bronca si él me contaba que alguien o alguna situación lo lastimó, él se prestaba siempre de la misma manera para recibir mis llantos repetitivos por la misma persona; me escuchaba con la misma atención que al principio cada vez que volvía a llorar por una nueva frustración con algún tipo. Hasta me acompañó cuando estuve internada durante las vacaciones del primer año. Hacía mucho no tenía cerca de mí a alguien tan presente.

Mi Tomilín le decía con voz de idiota antes de abrazarlo al encontrarnos. Me sentía una goma al decirlo así pero también sabía que él me aceptaba de esa manera. Lo adoraba y sabía que él a mí.

Pero mi ingenuidad hizo que se me saliera el tiro por la culata cuando me dijo que me empezó a ver de otra manera. Repito, la historia es mucho más larga que todo esto... pero por todo lo que sabía (o había entendido) era imposible que Tomi se fijara en alguien como yo. No podía ser.

Pero sí, fue así.

La pasé como el orto porque yo sabía que la distancia era la única manera de hacer más amena toda esta situación. Le planteé que no podríamos hablar más porque yo no podía ofrecerle lo que buscaba, y así fue durante días, sintiéndome culpable y triste porque lo conocía y porque entendía cómo se estaría sintiendo. Querer consolarlo y no poder era una mierda. Las relaciones humanas eran una mierda.

Y empecé a extrañarlo.

Él a veces se animaba a hablarme por whatsapp y yo le contestaba también a veces, tratando de ser cordial sin perder la distancia que necesitábamos para calmar las aguas. Todas las personas a las que les contaba la situación me decían "dale, dale bola porque te lo saco yo" haciendo alusión a un atractivo en el que en realidad no me había fijado nunca hasta entonces.

La culpabilidad y tristeza pasaron a nostalgia. Quería estar con él pero tenía miedo. No me animaba. Había algo de mí que no quería saber nada con nada que tenga que ver con alguna nueva relación afectiva con alguien. No quería herir ni que me hieran.

Pero acá estoy. A mitad de segundo año nos animamos a decirles a todos nuestros compañeros que hacía poco estábamos saliendo y algunos hasta gritaron de emoción, entre otros gritos y comentarios que decían "¡¿Pero no era obvio?!". (Em... Para mí no). Ya dije que faltan detalles de esto. Pero él fue siempre, ante todo, mi mejor amigo. Tomi conoce mi pasado, secó mis lágrimas, me acompañó en situaciones y lugares que ni en pedo me hubiera podido o querido acompañar otra persona... Y todo espontáneamente, sin que yo se lo pidiera. Sin pedir nada a cambio.

Otra cosa buena de todo esto es que después de todo lo que pasó, de todo lo que sabe, sigue siendo mi mejor amigo. Podemos hablar del pasado y él ELIGE seguir a mi lado a pesar de mis fantasmas; hablamos del presente y aprendí sobre la comunicación asertiva y la sensibilidad al transmitir lo que nos pasa; la empatía, la paciencia... Y sí, aunque lo hacemos con miedo (más yo)... También hablamos del futuro de vez en cuando.

Aunque a veces todo sigue siendo raro para mí, Tomi aprendió a conocerme en muy poco tiempo, pero de ahí a seguir eligiéndome y apoyarme a pesar de eso... Eso es algo que no todos logran o quieren hacer. Por eso es tan valioso.

Todo esto me mostró también que puedo desaprender mis patrones, porque él está casi fuera de todas las características que solía buscar en los varones, al menos de manera inconsciente. Sólo voy a mencionar algunos detalles suyos:

Es alto, sí, pero esbelto. Mi miedo y apego a los abrazos de antes me hacían sentir alienada, pero hoy al menos me ayudan a tranquilizarme en momentos de adversidad. Me calman mucho en noches de angustia.

Su pelo castaño y abundante fue creciendo a medida que nuestra relación avanzaba. Es un pelo que mayormente suele atarse en días de calor, pero cuando decide tenerlo suelto lo envidio: paso mis dedos como peinándolo y no hay una gota de enredo. Algunas veces las puntas onduladas le tapan las mejillas levemente sombreadas por la barba. Los mechones de pelo suelto también le tapan unos ojos de color verde que cambia con el sol... Un color que casi no se le nota cuando me mira fijo porque cuando lo hace, se le dilatan las pupilas.

Mi hermana mayor lo gasta diciéndole que es Jesús. Yo sonrío al recordar esto, porque al escribir estas líneas pienso en que tal vez lo que me llegó por fin es justamente ese alguien que tiene las virtudes que yo de verdad deseaba en alguien: que sea amoroso, comprensivo, humilde, desinteresado, sensible y entregado. Pacífico, paciente, tranquilo. Así como dicen que fue ese tal Jesús. Un ángel que pareciera que bajó para sacarme del pozo donde a veces me sigo hundiendo, y que me acepta con todos los defectos que descubrió en mí antes incluso de amarme como dice que me ama ahora.

Sonaré flashera, pero posta esto es algo que se lo planteé a mi psiquiatra, y ella coincidió conmigo: los seres humanos somos menos que un granito de arena en el desierto más inmenso de la Tierra. Menos que un residuo de polvo en medio de toda nuestra galaxia; El cosmos es tan vasto y el tiempo, tan limitado para nosotros... La vida humana es tan finita en comparación a la historia de este universo, que volver a encontrar a alguien que exista en el mismo tiempo que vos, teniendo más o menos los valores que buscás, y encima tenga todas estas virtudes... Todo esto hace que no pueda evitar sentirme...

No sé si enamorada, reconozco que todavía me cuesta.

Pero sí, al menos, agradecida.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Todos los caminos conducen a romA

Venía bien. Juro que venía bien.

Es decir, hubo alguna lágrima aislada mientras hacía cualquier cosa. Pero venía joya. Varios días sin llorar y semanas sin sentir desgano, de querer levantarme de la cama a hacer cosas, estar activa. Hasta me había leído un libro entero en menos de dos semanas. Todo un logro 👍🏻

Y hoy venía siendo un día de esos. Estaba en la PC, trabajando como siempre, escuchando música con los auriculares y sentada en el escritorio (¡No acostada en la cama en pleno mediodía, woho!). Spotify se me hizo monotemático y no encontré nada en la radio, así que elegí escuchar Youtube. Había una lista que había armado hacía mucho, así que le di play. Y re bien, en la lista habían piezas que no escuchaba hacía bastante. De hecho, tenía canciones y autores no muy conocidos por gente de mi edad. Estaba re cómoda escuchando... Hasta que algo la cagó.

Realmente fue de un segundo al otro. Conmigo en pleno estado autómata, ese sonido apareció en mis oídos y me sacó de toda abstracción. Reconocer la melodía después de tantos años (posta, no me había dado cuenta de que hacía tanto no la escuchaba) me cerró la garganta con un rayo gélido y doloroso. Y los ojos también empezaron a doler. No pude tragarme las lágrimas.

Me saqué los lentes mojados y hundí mi cabeza entre mis brazos, rendida por el llanto.

Sin Tu Latido es una canción de Luis Eduardo Aute.

La conocí de adolescente, un día que llegaba a la casa de Tuto desde la escuela. La oía desde todos los ambientes de la casa, y me gustó.

La escuchamos mucho estando juntos. A esa canción, y a otras que venían en un álbum que Aute grabó con Silvio Rodríguez en 1993. Yo no conocía a ninguno de estos dos cantantes hasta que llegué a la casa de Tuto aquella vez.

No sé si él lo sabrá, si lo recordará o si alguna vez se lo dije, pero desde entonces me fue imposible no relacionar con nosotros dos a Silvio Rodríguez y, especialmente a esta canción de Aute: Sin tu Latido.

Recuerdo que alguna vez el autor de esta canción vino a Buenos Aires y, aunque tuve ganas, no pude ir a verlo. Una lástima, porque el cantante fallecería en el 2020...

El mismo año en que mi ex y yo nos separamos.

Que el final de esta historia
Enésima autobiografía de un fracaso
No te sirva de ejemplo
Hay quien afirma que el amor es un milagro


viernes, 16 de febrero de 2024

"Vergüenza es llorar y que te vean"

Crecí habiendo aprendido que toda herida es curada por el tiempo, pero nunca creí que pondría tanto a prueba este dicho como en estos últimos momentos... O mejor dicho, en estos últimos años.

Este blog es bien específico así que más allá de que puedo hablar de otras cosas, sé también que puedo darme el lujo de ser irritablemente monótemática y tener acá muy presente, al menos por ahora, a sólo una persona: Tuto.

Sí. No importa toda la gente que haya conocido, todas las palabras de aliento que me hayan dado ni cualquier cualidad o virtud que yo pueda tener; Tuto dejó una herida muy grande, y la angustia que llevo dentro por él, a veces supera cualquier motivo que haya encontrado antes para sentirme mejor.

Wow, qué lujo, ¿no? Enterarte que sos tan importante para una persona, al punto de sufrir por vos durante AÑOS. Que alguien, sin importar lo que haga, sus logros o de qué trabaja, llore por vos literalmente casi todo el día, todos los días. Porque te extraña, porque te quiere y sabe que nunca más va a poder estar junto a vos.

Yo, sinceramente, si me enterara que esto le pasa por mí a alguien a quien yo no quiero... Y, la verdad que pobre, sí, pero sería incómodo. Y como sé que él nunca va a volver... Si no tiene idea de lo que me pasa, mejor. Blog blindado. Lo único que me faltaría es no poder superar un sufrimiento, andar dando pena y encima sentir vergüenza por eso porque la persona que lo causa lo sabe. 

En fin. Cuatro años van a ser desde que nos separamos. CUATRO. Y mientras él comenzó a rehacer su vida pocos meses después de cortar... pasan cuatro años y mientras yo pensaba que la etapa de superación ya había pasado para mí, me encuentro otra vez con que estoy gastando todas las servilletas de papel porque aún moqueo al recordar que no voy a poder volver a apretarle fuerte la mano en público mientras lo miro y sonrío con cara de pelotuda y sin miedo a su rechazo. Lloro en el trabajo, en mi casa, en el transporte público. Lamentable para cualquiera que me vea. Vergonzoso para mí. 

Pero posta. Es como llorar por alguien que falleció. O sea, nunca más poder mirarlo como antes. ¿Es posible llegar a entenderlo? No poder mirar sus ojos color miel al sol, ni contemplar su sonrisa ni la sutil cicatriz de sus labios. He pasado por algunas pérdidas estos años, pero definitivamente esto es distinto, porque yo a él lo consideraba mi familia, el futuro papá de los hijos que hasta entonces quería tener. Yo amaba a mi querido Tuto con el alma. Y casi cuatro años sin poder darle un abrazo a un ser amado es muy doloroso. No poder volver a sentir el calor de su abrazo en momentos de frío; no poder volver a sentir su olor, su aliento, la inexplicable química que nos mantuvo unidos; darme cuenta de que mis hijos (si los tengo) ya no serán hijos de él como siempre soñé, que no tendrán sus rasgos...; Hasta pensar en la posibilidad de olvidarme de su voz. ¿Es posible que una sensación tan horrible se pueda describir? No sé, yo no puedo. No encuentro palabras que puedan explicar todo lo que sentí por él, y todo lo que siento ahora por su falta.

¿Y eso de que el tiempo lo cura todo? Las pelotas. Me la soban las frases clichés. En nada de eso creo ya. Una vez me mordió un perro y aunque la cicatriz casi no se nota, tengo una sensación rara ahí desde entonces; hace poco también me chocó un auto, y a pesar de que la herida también cerró, dejó una marca que sigue siendo muy fea y sigue doliendo cuando la toco, incluso en los alrededores.

El desamor, la desilusión, la frustración, decepción y tristeza que trajo consigo mi desunión con Tuto no fue una mordida en algún músculo, ni siquiera se acerca al golpe que me dieron en la pierna con el choque de un auto que me hizo volar por los aires. Yo siento que los sentimientos por este hombre atravesaron mi pecho de lado a lado de una manera que no puede percibir ningún ojo pero sí el resto de mi cuerpo. Entero. Y los años van a seguir pasando y siento que mientras siga viva, cada vez va a ser peor: la herida va a seguir abierta y horrible y va a doler como la mierda cada vez que la toque para querer sanarla; porque la presencia de este tipo, su marca, la cicatriz que dejó en mi ser, todavía me rompe el corazón. No importa cómo rehaga mi vida, ni con quién decida compartirla. Su recuerdo, esa ilusión desencantada de vivir mi vida con él y con la hija que abortamos... Todas esos sueños hechos mierda y las demás sensaciones me perseguirán como un fantasma hasta que me muera.

No, el tiempo no está curando nada. Así que, después de llorar con todo el mundo, ahora lloro sola (a lo sumo lloro con una sola persona de mi entorno, pero sin darle muchas explicaciones). Porque me avergüenza. Porque estoy tan cansada como los que seguirían disponiéndose a escucharme después de tanto tiempo.

La única con la que sigo permitiéndome quebrar —y porque le pago, meh— es Mari, mi psicóloga. Y ella me mencionó varias cosas... Entre ellas, me quedé con tres:

Primero) Estoy en duelo. Chocolate por la noticia.

—¿Pero cuánto más voy a estar así? Es insoportable —exclamé, con una mezcla de indignación y angustia que ambas podíamos comprender.

Mari tiene más o menos mi edad. Y la diferencia de ella con las demás psicólogas con las que intenté tratarme, es que nunca sentí esa frialdad que impone la distancia del profesionalismo. No es que me da palmadas en la espalda mientras despotrico en el escritorio, pero cada vez que le hablé de situaciones realmente delicadas de mi vida además de Él, como maltratos, abusos, el aborto e ideas de suicidio... No es que ella mientras tanto apoyaba sus manos entrecruzadas a sus piernas y ya. Mari se acerca en el escritorio, rompe esa barrera de distancia de la que hablo, pero sobre todo noto su empatía, no sólo en los rasgos de su cara, sino en su mirada. Más de una vez me dejó contarle hasta la última palabra con sus ojos llenos de brillo, a veces inyectados en sangre.

Y yo sabía que mi psicóloga venía entendiendo que yo estaba harta de sentir todo lo que le describía. Comprendía mi indignación y angustia.

—El duelo es distinto para cada uno. —siguió ella después de mi pregunta—. Hay tantos tipos de duelo como personas en el mundo. Para unos puede durar durar algunas semanas (qué envidia), para otros puede durar algunos meses... Y a otros más, nos lleva algunos años.

Segundo) El duelo, además, no es un proceso lineal. No es como una escalerita que se sube cómodamente para llegar hasta arriba. Puede que un día me sienta bien y disfrute hasta de ver un pajarito pasar, que me sienta en lo más alto. Pero también puede pasar que otro día me sienta pésimo, a tal punto que no quiera ni despertarme, ni levantarme, ni hacer algo tan simple como cepillarme los dientes.

Tercero) Esta parte fue la que llamó un poco más mi atención. Estábamos hablando del miedo, entre otras cosas.

—¿Vos le diste realmente bola a lo que sentís y a todo lo que pasó? —me preguntó.

Mi cara quedó en modo avión.

—Sí. No hablo de simplemente reír o llorar. —siguió Mari—. Hablo de reconocer lo que te pasa y hacerle frente si ves que no está bueno.

Le expliqué que obviamente intenté todo.—¿Pero cómo hago para hacerle frente? —le volví a cuestionar, casi rogando —. Hago de todo pero al final no me sale hacer otra cosa más que llorar porque estoy estoy triste, o angustiada... O enojada (reconocer esto último me hizo enojar más, pero es para otro post/sesión).

—Puede pasar que hay acontecimientos que no podemos o no queremos reconocer ni ver en profundidad por miedo a los sentimientos que te generarían. Y la tristeza, por ejemplo... —Yo sentía la cara roja y trataba de tragar la congoja —Liza, es difícil atravesarla, pero hay que hacerlo para poder superarla.

"¿Cómo mierda hago para salir de todo esto?" —Pensé. Pensé en toda la gente que conocí y todo lo que hice desde que Tuto y yo nos separamos. Todo en un segundo, para ver si podía contestarle algo. Para ver si podía darle un ejemplo de que hubo algo que haya funcionado al 100%. Pero no pude. Sólo pude asentir a lo que ella acababa de decir mientras yo me secaba las lágrimas. Me sentía tan blanda, tan débil. Tan boluda. "¿Es posible seguir sufriendo por alguien que ya NO me quiere? La concha de la lora." —Puteaba en mis adentros. Me puteaba a mí. A la situación.

—Además de hablar con alguien de vez en cuando —siguió ella ¿hay otra cosa que hagas donde puedas reconocer y descargar lo que te pasa?

Y recordé este blog, obvio.

La diferencia está en que claro, no escribo todos los días porque no tengo ganas de angustiarme frente a la PC por recordar cosas dolorosas al teclear párrafos y párrafos de memorias larguísimas de un amor imposible, prohibido y frustrado. Es decir, sí, todos los días pienso, todos los días esos pensamientos, esas palabras y frases de recuerdos se entrelazan como una maraña, dando vueltas en mi mente hasta hacerme doler la cabeza y hasta el corazón. Pero pocas veces me volví a animar a sentarme a escribir estas palabras, a ordenarlas, porque sabía que hacerlo implicaría esto justamente: recordar... y por consiguiente, sufrir. Llorar. Y no estaba dispuesta, o estaba harta de sentir esta angustia que realmente me cansa y me avergüenza, lo juro, me irrita. No la quiero sentir. Y menos que me vean así después de tanto tiempo.

Pero la psicóloga me propuso algo más, y lo tomé: ver si escribir más seguido acá me sirve.

Tal vez para otro pueda ser una conclusión pelotuda, predecible, pero ¿Y si me sirve? Tal vez seguir escribiendo seguido me ayude a seguir adelante, a descargar, o simplemente saber que no tengo que hacerme la boluda con lo que siento. Aceptar que soy sensible y no darme con un látigo por eso, reconocer que me angustio, tomar esa angustia con paciencia, sublimarla de una manera sana...  Ver qué puedo hacer con los otros mil etcéteras que seguro van a surgir.

Básicamente, si quiero aceptar con amor que no volveré a estar al lado de Tuto (acá empieza la angustia fuerte de la que hablé antes); si quiero soltarlo y aceptar en paz que hoy comparte su vida con otra mujer (angustia se agranda más, LPM, no puedo escribir tranquila), aceptar que tal vez yo simplemente fui un puente para que él llegue a ella, que seguro, sí sea la madre de sus hijos (y esta es la parte donde paro de escribir unos minutos porque no puedo).

Si quiero superar este sufrimiento insoportable, vergonzoso, inútil... Podría empezar a escribir no sólo sobre él, de los recuerdos buenos y malos... sino también de las personas que aparecieron en todo este camino que siguió, que me distrajeron un rato de todo este pesar, o me ayudaron.

Aunque no pueda sentirlo así en este momento, Tuto no fue TODA mi vida. No es mi presente. 99,9% no será ni cerca de mi futuro, no lo sé. No sé si estoy preparada para saberlo si así pudiera. Y debo reconocer que está bien. Tengo mis dos piernas, debo seguir adelante. Está bien.

No puede ser que la vida se trate sólo de lágrimas y angustia. No puede ser. No es justo. Con él tuve las ganas de vivir, fluir y proyectar como no pude hacerlo nunca más con nadie. Pero tiene que haber alguien más con quien pueda sentir lo mismo, o al menos parecido... Y si no, tengo que encontrar la manera de sentirme bien proyectando mi vida sola, reconociendo que en realidad, nunca lo estuve porque hay mucha gente que me quiere y me quiere en su vida, y quieren verme feliz y avanzando.

Voy a tratar. Debo esforzarme. Aunque ahora mismo piense y sienta que no tengo nada más que perder.