jueves, 13 de abril de 2023

Ayudame a sobrevivir, tío.

El 11 de octubre del año pasado, 2022, mi tío falleció. El que me vio nacer, crecer junto a mis primas, al que recibía cada vez que él llegaba de trabajar mientras yo jugaba con mis primas. El que quiso cuidarme en mi adolescencia cuando me puse de novia. El que se emocionó cuando me abrazó en mi fiesta de 15 años.

No lo volvería a ver nunca más.

El día de su velatorio, quise escribirle unas palabras, pero no podía. Las horas pasaban y la ansiedad iba llegando: "Debés hacerlo. Ahora." Así que agarré mi celu y empecé a tipear.

Pero los malditos síntomas empezaron a aparecer. Eso era a lo que temía. Los reconocía. Primero, el temblor de mis dedos no me dejaba escribir; después, empecé a quedarme sin aire, sentía que los pulmones dejaban de funcionarme. Un dolor inexplicable punzó hondo en mi pecho y las lágrimas enceguecieron mis ojos.

Traté de ir lo más silenciosamente hasta mi hermana menor. "Por favor, ayudame" recuerdo que le dije con un hilo de voz entrecortada... Pero para entonces ya era tarde. No me acuerdo qué pasó en el mientras tanto ni poco después.

Esa fue la primera vez que me dio un ataque de pánico en público. Y ahora, escribiendo estas líneas, me doy cuenta de la frialdad con que fue visto el tema en ese momento... Y no paro de pensar: "¿Habrán creído que actué?". Sí. Y lo pienso con vergüenza, de verdad lo pienso, porque me doy cuenta de que hay tanta ignorancia referida sobre la salud mental, que si te pasa algo así... Una de dos: o no te creen, y si te creen, en general piensan que estás loco.

El 18 de diciembre de ese mismo año intenté suicidarme por segunda vez. Me internaron en una clínica psiquiátrica y cuando salí de alta, me enteré de que cuando había entrado a la clínica una tía muy cercana jugó al 22 en la lotería.

Desde entonces me di cuenta de que no importa cuánto pueda explicar sobre lo que me pasa, sólo entenderán los que quieran entender. Y no importa cuánta sea la compañía que necesite, la mayor y mejor compañía que tenga debo ser yo misma.

Y lo digo con un nudo en la garganta, porque aún hay días donde pensamientos negativos todavía invaden mi mente junto a sentimientos tan desagradables que siento que se me vacía el pecho. Que se me me vacían las baterías... las ganas. Hasta empecé a fumar.

Pero hay otros días.

Cuando salí del alta de la clínica psiquiátrica (donde vi las cosas más horrorosas de mi vida), fue la primera vez que pude disfrutar sinceramente de un atardecer. Por primera vez saboreé con ganas un café con leche. Me puse contenta de poder comer un chocolate.

Y a pesar de que sigo yendo a la psiquiatra, de que todos los días me cuesta muchísimo levantarme como nunca antes, jamás tuve tan presente la palabra LUCHA como en estos momentos.

Mi sobrinita es la razón de mi existir. Mis hermanas, mis viejos... Mis viejitos, cuya compañía es una bendición en estos días; mis amigos; mis ambiciones, mi carrera (esto último va lentísimo, pero va...). Todo esto son puntapiés para estar mejor.

Hace una semana empecé con una psicóloga nueva. Hoy fue la segunda sesión y me pidió por favor que me tuviera paciencia. Que sea tolerante conmigo misma. Que estoy haciendo un montón considerando que todo fue tan reciente. Por primera vez me sentí comprendida y salí tan conmovida que es la primera vez que lloro mientras escribo estas líneas recordándolo. Ni la medicación psiquiátrica sirve para contener el llanto en momentos de tanta conmoción.

Ahora, al llegar, encontré la casa sola.
Me serví un vaso con coca y fui al balcón. Ya hacía frío así que me abrigué, prendí un cigarrillo... Pensé en mi tío otra vez. Y pensaba.

"Esta mierda se llevó a mi tío." Pensé mirando al pucho. Y también recordé a María, mi psicóloga: "Tenete paciencia"...

Exhalé humo y dije en voz alta: "Ayudame, tío". Miré hacia arriba como allí estuviera la respuesta a todo.

Después de eso, volví a entrar todo, puse la coca al lado de la PC, y me puse a escribir este post.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Depresión campeón mundial

 Nuca fui muy fanática del fútbol. Recuerdo que una vez estaba tomando la siesta con mi mamá en el primer tiempo pensando en que Argentina ni siquiera pasaría la fase de grupos... Pero paulatinamente la ilusión se fue agigantando, hasta hoy.

Por no decir AÑOS, debo reconocer que hacía mucho tiempo no había sentido una felicidad como la que sentí cuando Argentina había sido proclamada campeón del mundo. Pero no por ser un equipo de fútbol, sino porque me fui dando cuenta que esta pasión nos unía a todos como argentinos. Dejaron de existir banderas políticas, de religión. Los de River admiraban a los de Boca. No había estandarte que no fuera el del orgulloso patriotismo de ser argentino. Y yo no había presenciado algo así en mi vida. La alegría fue contagiosa. La sentí...

Pero fue efímera.

Todo se derrumbó en plena fiesta. Volví con lágrimas angustiosas caminando desde el Obelisco hasta mi casa. Los que festejaban chocaban contra mis hombros y así y todo nunca me sentí tan lejos de toda esa algabaría. Otra vez me sentí encerrada en una burbuja negra que sólo distorsionaban las luces de los semáforos y me hacían ver los festejos en cámara lenta. Como si el deseo (ya rendido) por sentir lo mismo quisiera tomar las últimas fotografías de lo que sucedía.

Hoy ganó Argentina. Pero debo reconocer que yo perdí. Lo reconozco secándome las lágrimas con la camiseta del país donde nací, al que amo, por el cual me hubiera gustado hacer algo.

Pero estoy cansada de luchar contra algo que me derriba todos los días.

Lo único que deseo es que por favor me comprendan. Que por una vez me comprendan y no se enojen conmigo. Prometo que busqué todos los caminos para encontrar la paz. Hice mil cosas para sentirme bien conmigo misma. Pero de verdad y lo lamento, no lo consiguí. Yo perdí.


Sólo deseo abrazar muy fuerte a mis hijitas. Volver a encontrarme con ese amor que siento que nunca volveré a encontrar en este plano.

Y si nada de eso existe, entonces la nada misma prefiero antes que seguir soportando todo esto.

Es el deseo de alguien que se cansó de pelear.

Quiero descansar.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

La gota que derramó el vaso - parte II

     Hace un par de meses —re poquito, considerando que vengo haciendo teniendo terapia hace años— cambié de psicóloga. Hago terapia desde 2017 y más o menos en junio de este año dije basta. Había llegado a un tope y seguía en el mismo lugar desde hacía mucho, no avanzaba y me cansé. Necesitaba seguir adelante... Y así fue como encontré a Micaela.

    Hasta ahora venía todo OK. Es decir, yo había empezado esta nueva terapia aclarando que hay cosas de mi pasado que no puedo superar y que era por eso específicamente que quería empezar de nuevo... Pero con Mica siempre terminé hablando de mi presente. Era lo que me nacía. No hablaba de mi adolescencia, de la relación con mis padres ni de mi ex, y aunque ella mencionó que podríamos hablar del tema cuando yo esté preparada, la sesión siempre terminaba centrándose en sentimientos que me atravesaban desde el momento presente. Nunca recordando el pasado.

    Hoy, miércoles, teníamos pactada la sesión a las 21 hs. Pero ayer, más allá de que venía sensible por otras cosas, hice algo muy irresponsable afectivamente, y masoquista de mi parte.

    Esa fucking voz en mi cabeza: "Lo extrañás. Dale, fijate su perfil. Fijate cómo anda, si está bien."

    Obvio. En general las personas siempre "están bien" en las redes sociales. Y obvio, él parecía estarlo, y encima estaba igual de atractivo que siempre. Ya empecé a suspirar pensando en que sí, en efecto seguía extrañándolo.

    Pero el diablo de mi hombro izquierdo ganó a tal punto que terminé en el perfil de su novia. ¿Con qué necesidad? ¡¿Con cuál?!

    La voz en mi cabeza, cual Satanás extasiado de que Eva haya comido el fruto del mal, empezó otra vez:

"Mirá lo hermosa que es en comparación a vos."

"Obvio. ¿Cómo no iba a irse con ella, con todas las virtudes que tiene?"

"Menos mal que no se quedó con vos. No sólo NO tenés sus virtudes físicas sino que ENCIMA sos una ignorante en comparación a ella."

    Me enojé conmigo misma. "Soy una pelotuda" empecé a decirme, llorando.
    Lo más inmediatamente posible, no sabía si serviría para más adelante, pero bloqueé su perfil, el de ambos, y cerré la pestaña de la PC. Pero ya era tarde. Las lágrimas calientes caían por ambas mejillas en chorros gigantes. Sentía cómo toda la piel de mi cara se hinchaba por el llanto, y se me nubló toda la vista... Pero ya no era por las lágrimas nada más.

    "Mica —le escribí por mail—. Sé que tenemos sesión mañana y prometo que jamás me pasó tener que pedir esto, pero necesito que hablemos cuanto antes. Estoy por colapsar."

    La estupidez de mi acto hizo que otra vez de mi cuerpo se apoderaran unas de las sensaciones más horrorosas que puede tener una persona. Las lágrimas sólo son el incipiente comienzo, pero después vienen los temblores en ambas manos, incontrolables, y un dolor tan punzante en el pecho que te hace sentir que vas a tener un infarto, un dolor acompañado de la sensación de que te están aplastando el tórax hasta dejarte sin aire. El cuello se me había cerrado. Me estaba ahogando. Dejé de ver todo. Todo se tornó negro y sólo escuchaba mis gritos.

    El ataque de pánico duró lo que duraron los intentos de Mica por comunicarse conmigo, más o menos. Fueron unos minutos que para mí fueron una eternidad, y mis compañeras de departamento me ayudaron, conmigo teniendo la sensación de que estaba poseída, tirada en el piso, sin poder controlarme, desbordada.

    Lo que vino después fue encontrar un montón de llamadas perdidas de mi psicóloga. Agotamiento mental y físico. A mi compañero de trabajo bancándome a la distancia diciéndome que por favor descanse e intente dormir. Mojar toda la almohada con lágrimas cuando finalmente pude hablar unos minutos con mi terapeuta.

    "Estoy agotada, Mica" —le expliqué, ya más tranquila pero sin poder dejar de llorar. Pero no me refería al agotamiento físico que seguía teniendo. 

    A lo que refería es que estoy agotada de tener que pasar por todo esto. De que no deje de afectarme. De no poder tener una vida normal más allá del estrés del trabajo y el estudio; de creer que lo estoy superando hasta que el deseo de morirme arrasa con todo mi ser otra vez. Una y otra vez.

    Después de la charla y la siesta, decidí tomar fuerzas. Delineé mis ojos hinchados, y aunque mis compañeros notaron que algo me pasaba, pude ir a clase y distenderme un poco.

    En poco más de una hora, voy a tener una nueva sesión con Micaela. No, no estoy preparada para lo que se viene, pero ya no puedo patearla más. Tendré que tomar fuerzas. Porque esta no va a ser una sesión fácil.

La gota que derramó el vaso - parte I

    Recuerdo lo fácil que se me hacía escribir. Era uno de mis hobbies preferidos junto con tocar el piano y leer. Leer un montón.

    Ahora... ¡Qué difícil se hace volver a conectar mis manos con mi cabeza para volver a teclear! Apenas sí tengo tiempo para leer por ocio en las noches antes de dormir (si es que no me vence el cansancio en el intento)… ¿El piano?... Tristemente viene siendo historia hace años.

    Sin embargo, casi todos los días pienso en este blog. Pienso en las ganas de volcar los sentimientos que tuve, que estoy teniendo y las cosas que me sucedieron durante el día. Y no solamente por mero gusto al arte, eh —sí, por suerte el amor por escribir no se fue— sino también porque soy consciente de que escribir es una forma de canalizar sentimientos, dejarlos ser, y muchas veces, hasta de dejarlos ir si veo que me hacen mal. 

    Entonces siempre terminaba los días acostada, deseando haber escrito todas esas palabras desordenadas pero nítidas en mi cabeza. Me quedaba con todo eso dentro. No escribía.

    Lo que sí reconocí después, es que este último tiempo, todos los baches que tuve entre cada post fueron porque justamente quise evitar todos estos sentimientos feos. Escribir sobre algo implica recordar... Yo yo quería evitar recordar a toda costa. Quería evitar volver a vivenciar.

    Y eso tuvo una consecuencia gravísima.

domingo, 1 de mayo de 2022

Abrazo invisible

Era una de las tantas noches que nos estábamos por ir a dormir. Como siempre, fui a bañarme antes de acostarme, para relajar. Luego me puse una cremita en la cara y me sequé mi abundante pelo concienzudamente. Fui la primera en entrar a la cama.

Después entraste vos. Estaba fresco afuera así que rápido me hice una bolita en tu cuerpo calentito. Apoyé mi cabeza en tu cómodo pecho, me abrazaste de igual manera y, ya entrelazados nuestros cuerpos, al darme un rico beso en la frente, me dijiste:

- Qué rico perfume tenés en el pelo.
 
Te miré algo sorprendida. No había usado un champú diferente, y después caí:

-Ah. Ay, gracias. Es el protector térmico. Lo uso para que el pelo no se me eche a perder con el secador.

Vos seguiste besando mi frente y mi cabello como si fuera la sensación más placentera del mundo: "Bueno. Huele muy rico."


Hoy en día, el protector térmico me dura meses. Ya no me esmero tanto por cuidar mi pelo como antes...

Pero hoy, después de mucho, lo volví a usar. Mimé mi pelo mientras me lo secaba como hacía mucho no lo hacía... Pero se me caía de a mechones. Aquél cabello fuerte ya no era tal. Ya no estaba sano como aquella vez.

Ahora, al acostarme en esta cama vacía, huelo este perfume y con él recuerdo tus palabras, tus piropos y esos cariñosos besos, que nunca dejaron de encantarme.

Y sí, ya sé que es muy probable que vos no tengas idea de este recuerdo, pero mi mente lo trajo atesorado a la memoria, junto a este deseo inmenso de siempre, de poder abrazarte una vez más.

martes, 26 de abril de 2022

"Decreta"

Dicen que si decretás algo con todo tu ser, en algún momento se hará realidad.

Lo que me pasa a mi hoy, es que tengo tanto agotamiento (físico, mental, espiritual...) por quererlo tanto que me encantaría decir... No "No lo quiero", sino, "No me quiere".

Sí. Repetirme que No Me Quiere. Tal vez de esa manera me convenza de que no tiene sentido seguir llorando y sufriendo cada fucking día de mi vida por alguien que ni siquiera me tiene en cuenta. Que ya no siquiera piensa en mí. Es injusto.

Y no digo que sea injusto porque quiero que él esté mal también. No. Lo quiero tanto que quiero que sea el hombre más feliz posible, incluso si es con otra persona.

Digo que es injusto, porque es injusto que yo no pueda hacer mi vida como él sí pudo.

Por eso, debo convencerme: "No me quiere". Y quererme más a mí, aunque tanto cueste.

¿Cómo se hace tan titánica proeza?

Los logros no son los mismos - parte II

En diciembre del año pasado decidí que intentaría entrar al ISER con toda la preparacion y ganas posibles. Locución sería la carrera a la que me anotaría, a "la UBA de los Locutores", el instituto más reconocido a nivel continental, ni siquiera nacional. Miles de aspirantes se anotan cada año para intentar entrar, y yo, este año me animé a ser una de ellos.

Llegado el día, llena de nervios, erguí la espalda, levanté mi semblante y luego de meses de práctica pude aprobar el primero de dos exámenes... ¡Lo había logrado! Entre miles, pude quedar ahora entre cientos.

El segundo examen fue más exigente. No requería tantos tecnicismos pero sí evaluarían mi manera de desenvolverme o de improvisación... ¡Y aprobé de nuevo! Un 9 arrasador me hizo llorar de emoción prácticamente todo el día. ¡Había entrado al ISER! Increíble.

Sin embargo, había algo que opacaba tanta felicidad. Estaba presente en forma de una presión en el pecho y se entremezclaba con las lágrimas de emoción. Y reconocía esa emoción. Era tristeza.

Tristeza de que ya no podría compartirte mis logros como antes.

Era como un acto reflejo, pero lo tenía que parar al instante con la vista nublada por el llanto apenas caía. Agarraba el celular con tu nombre en mi mente atinando a que seas el primero en enterarte... Como siempre.

Pero no. Porque ya no había un "como siempre".

Y así, saqué la conclusión de que por más alto que sea el logro que alcance, ninguno lo siento completo si no puedo compartirlo con vos.